MATIAS Y EL AZUL DEL MAR

Era una cálida tarde de primavera, el sol entibiaba cálidamente el lugar y hacía que su cabello brillara. De fondo, el mar, cantaba una canción de cuna y allí estaba Matias. Jugando en la arena inmerso en su propio mundo. Matias pocas veces sonreía. Sus padres Ana y Manuel lo observaban unos pasos más atrás, era difícil imaginar lo que sentía.

Matías era un niño de 5 años, callado, reservado y con la mirada empañada por la tristeza. Quizás por eso se sentía solo. Los colores de la primavera no se dibujaban en su cuaderno, y sólo el plomizo gris del mar en días de lluvia pincelaba sus dibujos.

Desde pequeño Matias se había destacado por su sensibilidad a flor de piel, sonreía con aquellas notas musicales que le hacían eco en el alma. Elevaba su voz cuando sentía con todas sus fuerzas que era tiempo de salir al exterior y compartía caricias cuando entendía que esa era su mejor manera de comunicarse. Le gustaba dibujar y el silencio era su mejor amigo. Sus sueños e historias transcurrían sólo en su mundo interior, quizás por eso, Matias ya no hablaba. El exterior lo asustaba.

Ana y Manuel, por su parte acompañaban aquel proceso de crecimiento, arduo y lleno de aprendizaje para los tres. Nadie les enseñó a ser padres, y aunque hacía tiempo habían deseado con todo su corazón aquella bendición, jamás pensaron cuánto iban a crecer en aquel camino que comenzaban a transitar.

Esa mañana transparente de primavera decidieron llevar a Matias por primera vez al mar, estaban indecisos, quizás aquello era mucho para él, quizás no lo entendería y se asustaría aún más. Sin embargo, y dejando todas sus dudas y miedos de lado, los tres salieron rumbo al mar. Al llegar los pies descalzos de Matias tocaron por primera vez la arena porosa y le hicieron cosquillas. Su mirada reflejaba preguntas, esas que no podía aún expresar con palabras. De la mano de sus padres comenzó a avanzar, el horizonte definido por un azul oscuro, los observaba.

Los pasos fueron lentos y a veces inestables, tenía miedo y lo comunicaba apretando con fuerza las manos de sus padres. Ellos, tan asustados como él, lo mantenían firme y seguro. Al llegar a la orilla y tocar la arena húmeda sintió frío. Los dedos de sus pies se arrugaron al igual que la expresión en su rostro. Ana y Manuel soltaron lentamente las manos de Matias y casi de forma imperceptible retrocedieron algunas pasos.

Matías había escuchado muchas veces un cuento que Ana le contaba todas las noches sobre el mar, y esta vez, su primera vez, lo vivía en directo. Suavemente el agua comenzó acariciar los pies de Matias y se sintió tranquilo. Aún quedaban muchas dudas pero el miedo había desaparecido en tanta inmensidad. Matias se sentó y durante algún tiempo permaneció inmóvil con su mirada perdida en el mar. Frente a él, no había castillos de arena, solo la calma infinita de aquel lugar.

Unos pocos pasos más atrás Ana lo observaba con detenimiento, intentando descubrir alguno de sus pensamientos. Ella también se sentía lejos de Matias y no sabía que más hacer para acortar tanta distancia. Manuel, en cambio, en su exterior reflejaba todo lo contrario. Se lo observaba calmo y seguro mientras sujetaba con fuerza la mano de su mujer. A medida que el tiempo transcurría Ana y Manuel comenzaron a latir al mismo ritmo haciendo que aquel momento los uniera en un abrazo profundo y lleno de amor, incluso ellos se habían olvidado en todo este tiempo, de exteriorizar sus sentimientos. Habían pasado por tanto, llegar allí había sido una decisión difícil. Lo que ambos no sabían era que, aquella mañana de primavera, el mar sería el mejor regalo para Matias.

El mar susurraba y quién sabe, quizás tenía una conversación con Matías. La brisa acariciaba su rostro y despeinaba su cabello. El silencio sólo esperaba desaparecer con su voz, y entonces todo cambió. Casi murmurando con el mar Matías pronunció –“azul”-. Los gestos de asombro de Ana y Manuel los dejaron perplejos, ya casi no recordaban su voz. Ana corrió rápidamente a su lado y con la voz llena de emoción y orgullo le pregunto –“¿Qué has dicho hijo mío?”- Manuel la observó y luego de unos segundos, y esta vez con un poco más de fuerza mencionó mirándola a los ojos y señalando el mar –“azul”-. Los ojos de Ana se llenaron de lágrimas y felicidad, Manuel se acercó a su hijo y también se sentó junto a él y con la voz cargada de amor dijo –“Si hijo, el mar es un bello e inmenso azul”- Matías giro su cabeza y lo miró a los ojos. Luego llevó su vista al mar nuevamente y casi iluminado por los rayos del sol, sonrió. Había encontrado por primea vez esa conexión con el mundo exterior.

Aquella tarde de primavera una palabra bastó para que el silencio y las distancias desaparecieran. Sentados los tres frente al mar no hubo más que muchos “azules” haciéndose eco en el mar. Matías había no sólo recuperado su voz sino también el color, sin duda a partir de ahora sus dibujos reflejarían un pedacito del exterior. Sus padres, Ana y Manuel, por su parte, habían recuperado la esperanza y el lazo invisible que los unía con fuerza.  Aquella mágica postal que les permitió dejar los miedos de lado y avanzar, los había hecho crecer. –“Caminen despacio”-, les dijo alguien alguna vez, “abran los ojos y en silencio dejen que la magia del mar, llene sus días…”– y ahora también, los pinte de azul.

Por IVANA MORALES MENDOZA.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s